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Santa Lucia

Santa Lucia

Enrico Caruso

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Lyrics

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Terror y nada más

presenta.

En solo un instante, el horror puede provocar temblores, palpitaciones, escalofríos, bloqueo mental y parálisis física. En tan escaso espacio de tiempo, quedarás atrapado entre nuestras garras.

Decídete ahora, pero recuerda, son pocos los osados que han logrado escapar con vida de este lugar. ¿Te atreves?

¿Quieres pasar miedo?

La voz de las tinieblas presenta

un relato de William Blade.

El Santa Lucía.

Las maderas del casco gemían a cada golpe de mar embravecido, barriendo la cubierta cada vez que hundía la proa.

Brujía el palo mayor sacudido por su inmenso velamen.

El armamento ligero, mosquetes y sacabuches prestos a ser cargado con munición graneada, se movían agitados en sus armarios.

Las pequeñas banderas que engalanaban la embarcación apuntaban amenazante a la popa del navío por efecto del fuerte viento.

El cielo teñido de rojo y ocre presagiaba una larga y atroz noche de navegación en aquel infierno.

Año del Señor de 1634,

rumbo a La Habana.

El oleaje y la tormenta habían sorprendido al Santa Lucía con sus cuarenta tripulantes a bordo y las bodegas llenas de carga,

carga humana hacinada, condenados para el resto de sus días por un solo crimen, el color de su piel,

piel negra de esclavo.

Dormitando y sobreviviendo cien almas hacinadas en una sola dependencia infestada de escoria, con olor a vómitos y excrementos, acre sudor humano, mientras el agua salía atropelladamente por el fondo

del buque.

El comandante de la nave ordenó aminorar la carga en un vano y desesperado intento de permanecer a flote. Los enjaulados iban saliendo uno a uno engrilletados y arrojados al

mar como si se tratase de fardos inútiles.

Hombres adultos sin distinción eran engullidos por las negras aguas del Caribe.

La mínima resistencia era contestada con una bala de plomo en la cabeza salpicando de sesos y fragmentos de cráneo al resto de los reos. En un gesto de piedad,

mujeres y niños fueron abiertos en canal para no tener que luchar con el embravecido mar hasta que los pulmones les estallasen repletos de agua salada. El océano se tiñó

de rojo,

señal inequívoca de que los tiburones habían empezado su festín.

Piernas, brazos y vísceras flotaban unos instantes antes de hundirse para siempre o engullidas por las fauces de los salvajes escualos.

Llantos y gritos eran ahogados por el ruido de viento y mar mientras marineros achicaban agua de las bodegas. El velamen roto por la furia de la tormenta,

cuerpos despedazados en la superficie del agua todavía con los grilletes puestos.

El galeón se hundió enviando al abismo ciento cuarenta desgraciados.

Atención, informamos que el museo cerrará en breves instantes. Rogamos abandonen el recinto. El aviso de la megafonía me hizo volver a la realidad.

Me levanté del banquillo del museo frente a un cuadro de época con una escena naval

igual que la que había vivido cuatro siglos atrás. Con la respiración contenida y el corazón en un puño, caminé despacio, todavía oyendo los gritos del barco de esclavos

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