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En primer lugar, quiero dar la bienvenida a todos. Eh, abrir las jornadas de hoy me da mucha alegría,
porque pienso que la oportunidad de encontrarnos aquí profesores de distintas disciplinas, amigos de la universidad,
movidos por el interés que suscita la persona del cardenal Newman, eh, es a mi juicio un hecho muy valioso.
Hace pocos días el santo padre Benedicto XVI tuvo en Madrid un encuentro con un pu-grupo de jóvenes profesores universitarios. En esa ocasión el papa reflexionó sobre la idea genuina
de universidad, que es también el objetivo principal que nos convoca en la jornada de hoy.
Este tema nos atañe muy de cerca a la mayoría de quienes nos encontramos aquí. Por eso nos resulta de gran interés, a pesar de que el correr del día
a día y la resolución de asuntos inmediatos muchas veces puede dificultarnos alcanzar la calma necesaria para ahondar en estas cuestiones fundamentales.
El programa de esta tarde gira en torno a la figura del beato John Henry Newman,
un universitario paradigmático.
Son muchos los aspectos que justifican esta última afirmación, porque el cardenal Newman fue un hombre profundamente convencido del valor de la educación universitaria.
Por esta razón, la jornada de reflexión de esta tarde,
de la mano de dos profesores expertos que hoy nos visitan, seguramente significará un gran aporte para cada uno.
En la visión de Newman y también en la de Benedicto XVI,
pues me parece que es muy fácil detectar la gran afinidad intellectual que hay entre los dos, ¿no? La universidad no debería nunca reducirse a una mera capacitación técnica, sino
que, por el contrario, debe buscar cultivar la mente de los alumnos mediante la transmisión de conocimientos amplios, pues es propio de la enseñanza universitaria analizar las cuestiones desde diversas
perspectivas y relacionar, tanto en la labor de docencia como en la de investigación, las distintas disciplinas, preservándonos así de visiones reduccionistas y sesgadas del humano.
La universidad ha sido siempre, recordaba hace pocos días el papa, la casa donde se busca la verdad propia de la persona humana.
En el cardenal Newman contamos con un ejemplo vivo de un universitario que buscó la verdad durante toda su vida, comprometiéndose con ella de un modo radical,
suscitando esta inquietud también a quienes oían sus enseñanzas.
Se gestó así alrededor suyo un grupo de intelectuales comprometidos que dieron origen a todo un movimiento cultural conocido hoy como el movimiento de Oxford.
En su tarea de pastorela académica fue Newman un formador profundo que vivió su trabajo universitario como un servicio concreto, descubriendo en él un fuerte sentido de misión.
Pienso que puede ser para nosotros un buen modelo de profesor, porque Newman fue una persona con coherencia en su vivir y en su pensar.
Así, no solo trabajó la relación entre la fe y la razón de un modo académico, sino que también se esforzó por vivir el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y
el compromiso religioso.
La vida universitaria de Newman comienza en Oxford. Podríamos decir que en Oxford Newman vivió profundamente la universidad,
primero como alumno del Trinity College, luego como fellow y tutor del Oriel College y años más tarde siendo párroco de la iglesia universitaria Saint Mary the Virgin.
La conferencia de monseñor Fernando María Cavallero, quien posiblemente sea el mayor experto sobre Newman de la Argentina, nos señalará algunos de los hitos principales de su vida y las
claves más importantes de su pensamiento, que pueden sintetizarse en su lema cardenalicio: "Del corazón habla al corazón".
Después de convertirse al catolicismo, Newman se trasladó a Irlanda con el encargo de convertirse en rector fundador de la Universidad Católica de Dublín.
En los años en los que vivió en Irlanda, Newman desarrolló de un modo más sistemático sus ideas sobre la universidad.
Su obra, La idea de una universidad, recoge una colec-colección de discursos y conferencias que dio sobre este tema durante esa época.
El doctor Padraig Conway, tal vez el principal referente en Irlanda sobre el pensamiento de Newman,
nos comentará en la segunda parte de la jornada de hoy esta visión ya madura de Newman,
de la que podremos seguramente seguir aprendiendo todos los que nos dedicamos al trabajo universitario, porque tiene el valor de las verdades perennes. Muchas gracias.
Muchas gracias por la invitación.
La vida de Newman,
1801-1890, todo el siglo XIX,
puede dividirse en dos partes o en períodos iguales antes y después de su conversión al catolicismo. Esa es la manera de presentación usual de los biógrafos. El primer período
está enmarcado por dos momentos decisivos: una primera conversión a Dios a los quince años y la segunda conversión
a la Iglesia de Dios a los cuarenta y cuatro.
La primera ocurrió durante unas vacaciones en las que tuvo que quedarse solo en el colegio de Ely antes de entrar a Oxford.
La sintetiza como la experiencia de descansar en el pensamiento de dos y solo dos seres absoluta y luminosamente autoevidentes: yo y mi creador.
Y lo repetirá más tarde: «Desde mi niñez yo había entendido con especial claridad que mi creador y yo, su criatura, éramos los dos seres cuya existencia se impone arrolladoramente
como la luz en la naturaleza de las cosas». Es por completo un cara a cara, solus cum solo, entre el hombre y su Dios.
No era una percepción subjetivista o solipsista, porque en ella quedaba abierto al misterio trascendente de un Dios personal.
Fue la presencia de Dios dentro suyo, descubriendo que pertenecía enteramente a él, que su alma era suya y suya solamente, que Dios tomó posesión de él de este modo
directo a íntimo, personal, en el más pleno sentido que implican las palabras «yo y mi creador».
Se convierte al Dios vivo de la revelación, al Dios de la Biblia, que actúa en la historia personal de los hombres.
Su vivencia religiosa tiene lugar como reacción de todo su ser humano ante la presencia cierta del misterio divino. Lo primario es aquí la experiencia, pero no como tal, sino
Dios que la hace posible y la provoca en el hombre. La cuestión esencial es que esta experiencia versa sobre algo real.
En efecto,
esta primera conversión fue una gracia divina por la cual el joven Newman tuvo una percepción real del misterio divino.
Es lo que fundamentará sus consideraciones acerca del acto de fe,
analizada cincuenta y cinco años después en su obra Gramática del asentimiento, donde distingue entre aprehensión nocional y real, la primera de naturaleza intelectual y abstracta, la segunda de toda
la persona. Más fuerte, dice, más vívida y penetrante, experiencia de algo concreto que permanece en la mente por medio de la memoria en forma de imágenes. La fe alcanza
así un conocimiento real del misterio revelado. Creer es, dice, asentir como si viera sin haber visto. Por ello, el verbo que aparece todo el tiempo en los escritos de
Newman es to realize, verbo inglés que difícilmente lo podemos traducir literalmente, pero es, por supuesto, hacer real, darse cuenta realmente de algo o de alguien. Newman recoge en la
Apología, eh,
la convicción que desde niño tenía acerca de
el sentido real de la existencia de un mundo invisible.
Convicción, eh, que luego formula como un principio al que llama sacramental, que nutre todo su pensamiento, el primer principio de todos.
Los fenómenos materiales, dice, son a la par figuras e instrumentos de realidades invisibles.
No es demasiado decir que la única gran regla que preside las economías o dispensaciones divinas respecto a la humanidad es la de que el mundo visible es el instrumento
del invisible, aunque también su velo. Es su veladura, y no obstante, por una parte, su símbolo e indicio, si bien el conjunto de lo que existe o de lo
que ocurre en el orden visible disimula otro mundo de seres, de hechos, de acontecimientos, aunque lo, aun-- que ocurre, eh, que ocurren sugeridos. Todas las cosas visibles, el mundo,
la Biblia, la Iglesia, la sociedad civil, el hombre mismo, son signos típicos y según su medida y su rango, los órganos de un mundo invisible más verdadero y más
elevado. Así, cuando Newman considera en la Gramática del asentimiento las disposiciones personales para el acto de fe, señala estas: la fe y la percepción de la divina presencia,
el reconocimiento de sus atributos, la admiración por su persona descubierta debajo de ellos, la convicción del valor del alma, la convicción de la realidad e importancia del mundo invisible.
Todo lo que dice Newman en el sentido de su pensamiento, eh, aunque esté teológicamente expresado con densidad, responde una y otra vez a su experiencia personal. Vida y pensamiento
en Newman van siempre juntos.
La sacramentalidad del mundo visible remite al hecho de la encarnación del verbo, que Newman considera la verdad central del cristianismo. Así va a predicar para hacerla real, to realize.
Verdaderamente, hasta que no contemplemos a nuestro Señor y Salvador, Dios y Hombre, como un ser realmente existente, externo a nuestras mentes, tan completo y entero en su personalidad como
mostrarnos ser nosotros mismos unos a otros, tan uno y el mismo en todos sus variados y con-- y contrarios atributos, el mismo ayer, hoy y siempre, estaremos usando palabras
que no aprovechan.
Será así hasta que no hagamos real, to realize, ese objeto de fe, que no es un mero nombre al que se le asignan títulos y propiedades sin congruencia y
significado, sino que tiene una existencia personal, una identidad distinta de cualquier otra cosa.
Y se pregunta, está predicando: ¿en qué sentido real
le conocemos a Jesucristo?
¿Qué ganamos con palabras aun correctas y abundantes y terminar en ellas mismas, en vez de iluminar la imagen del Hijo encarnado en nuestros corazones?
De la lógica de la encarnación, misterio de unión de Dios y el hombre en persona de Jesús, brota asimismo la sacramentalidad de la Iglesia, visible e invisible a la
vez. El mundo invisible, mediante el poder secreto y la misericordia de Dios, nos dice, irrumpe en este mundo, y la Iglesia es precisamente la parte en la cual irrumpe.
Newman supera de entrada la concepción protestante de las dos iglesias: la Iglesia visible, institucional, y la Iglesia invisible de los corazones y los elegidos. Por eso, dice, podemos hablar
de la Iglesia visible e invisible en cierto sentido como de dos aspectos de una misma y única cosa, distintos solo en nuestros espíritus, pero no en la realidad. La
Iglesia se llama visible, por ejemplo, porque incluye a clérigos y laicos, e invisible porque basa su vida y su fuerza sobre influencias y gracias ocultas a nuestros ojos, venidas
del cielo. Dividirla en dos sería realmente como dividir una línea curva, diferenciando s-- diferenciándola, como suele decirse, cóncava y convexa. Lo que es cónca-convexo visto desde el exterior, es
cóncavo visto desde el interior.
Hablando con propiedad, el cuerpo entero es la única Iglesia formada por todas las generaciones, aunque la Iglesia de nuestro tiempo sea una parte. Y en el mundo futuro la
Iglesia completa quedará reunida en la unidad dondequiera que vivan sus miembros. Newman desarrolla una teología de la Iglesia como misterio, es decir, como realidad sacramental. De modo que Jesucristo,
la Iglesia y el mundo creado son misterios, cada uno en su rango, sacramentos que la fe conoce de modo real. Entonces, aquella primera conversión de los quince años, lo
que puede parecer una relación inmediata entre Dios y su conciencia, que podría prestarse, como de hecho ha sucedido, a objeciones de mero subjetivismo, es en realidad una relación que
está mediada por el mundo exterior visible y de modo particular por la Iglesia como lugar privilegiado para la comunión de los hombres con Dios.
Y es el Espíritu Santo el que inhabita tanto en el alma como en el seno de la Iglesia. En cuanto a lo primero, dice: «El Espíritu Santo no ha
venido para suplir la ausencia de Cristo, sino para consumar su presencia. Causa la inhabitación de Cristo en el alma, la fe de la bienvenida».
En cuanto a lo segundo, en la Iglesia visible se moldea
y madura gradualmente la Iglesia invisible, formada lenta y variadamente por el Santo Espíritu de Dios. El Espíritu ha tomado su morada en la Iglesia y esta llevará siempre en
su exterior los signos de su escondido privilegio. Es a través de su espíritu como Cristo habita en ella.
Aquella primera conversión de Newman a los quince años fue evidentemente su, su entrada en el ámbito de la fe. Y entonces decidió que lo suyo era entregarse en manos
de la providencia de Dios.
Esta actitud profunda también continuará en la base de su espiritualidad, como lo expresará más tarde en la célebre poesía que todavía se lee y se canta en Inglaterra: "Guíame,
luz bondadosa".
Pero también percibe que es la providencia la que ha establecido el principio sacramental que rige toda la realidad creada en Jesucristo y en la Iglesia. «La ley de la
providencia», dice, «aquí abajo obra tras un velo y lo que es visible para nosotros es, en su conducta, no hace más que reflejar, e incluso a veces disimular o
disfrazar, lo que es invisible. Esta es la única gran regla sobre la cual han sido y son dirigidas las dispensaciones divinas con la humanidad. El mundo visible es el
instrumento del invisible, aunque también su velo».
Junto al principio sacramental,
que está resumido en estas palabras que he podido decir,
aparece inmediatamente, ya en aquella primera conversión, lo que después él llamará principio dogmático, que acompañó también su pensamiento futuro. «Caí bajo la influencia
de un credo definido y recibí en mi intelecto la marca de lo que es un dogma, que gracias a Dios nunca se ha borrado ni oscurecido».
Aquí credo definido y dogma significan la revelación divina,
el lenguaje humano.
Fue una experiencia inmediata que tuvo Newman de la verdad de la Palabra de Dios, de su realidad objetiva, del Dios de las Sagradas Escrituras, el Dios trinitario revelado plenamente
en Jesucristo desde la encarnación.
«Desde los quince años», dice
en la Apología, su autobiografía hasta la conversión, «el dogma ha sido el principio fundamental de mi religión. No conozco otra, no puedo hacerme a la idea de otra especie
de religión. Religión como mero sentimiento es para mí un sueño, una burla. Sería como haber amor filial sin la realidad de un padre o devoción sin la realidad de
un ser supremo».
En el estudio sistemático sobre el asentimiento de la fe dirá que aquí tenemos
la solución al error común de suponer que hay una cierta contradicción y antagonismo entre un credo dogmático y una religión vital.
La fórmula que para el teólogo encierra una noción fácilmente sugiere un objeto de devoción para el simple fiel. De esta forma, toda religión se apoya en el dogma. Es
decir, aquella primera conversión se despliega como una experiencia sacramental y dogmática. La revelación de Dios, además, no estaba contenida solo en la Escritura, como por tradición protestante había recibido,
sino en la tradición de la Iglesia expresada en el Credo.
Y aquí también aparece la realidad insoslayable, entonces, de la Iglesia,
como en el caso de la sacramentalidad. Principio dogmático era, en definitiva, para decirlo de otra manera, el principio de la primacía de la verdad,
de la verdad revelada.
Recibida y transmitida por la Iglesia.
Newman ingresó en el Trinity College después de esta experiencia que tuvo,
eh, de Oxford, y allí estudió las humanidades. Luego a los veintiún años es nombrado fellow del Oriel College, el más prestigioso de entonces, y conoce a la plana mayor
del mundo académico de la universidad,
pasando de la visión propia del evangelismo calvinista de su primera juventud al ámbito de la Iglesia alta de Inglaterra y sus convicciones de fe, la gran tradición anglicana.
Conoce y estudia a los más importantes teólogos anglicanos desde el siglo XVI.
Pero a la vez comienza a leer y estudiar los escritos de los Santos Padres de la Iglesia antigua.
Este amor por la Iglesia primitiva venía desde la conversión juvenil, también de los quince años. Uno de los libros que leyó fue una historia de la Iglesia de Miller,
Milner, donde por primera vez encontró estas grandes figuras patrísticas.
Newman recibió las órdenes anglicanas a los veinticuatro años y atendió pastoralmente primero a la iglesia de san Clemente y luego es nombrado párroco de Santa María, la iglesia de
la universidad.
Enseñaba, por tanto, desde el púlpito de Santa María y desde el claustro del Oriel College.
Siempre consideró su labor académica como pastoral.
Al ser nombrado tutor, esta convicción aumentó y anota en su diario:
"Ahora, Señor, estoy entrando con el nuevo año en un nuevo curso de obligaciones, es decir, la tutoría.
Que me ocupe en ellas con la fuerza de Cristo, recordando que soy un ministro de Dios y tengo encomendado predicar el Evangelio, recordando el valor de las almas y
que tendré que responder por las oportunidades que se me dieron para beneficiar a aquellos bajo mi cuidado".
Más de cincuenta años después escribe: "Mucho antes de ser sacerdote católico, cuando era tutor público de mi colegio en Oxford, mantenía aún ferozmente que mi ocupación era claramente pastoral.
Consideraba que por los estatutos de la universidad, una profesión de tutor era de naturaleza religiosa. Consideraba que el tutor de un college tenía el cuidado de las almas".
En cuanto a su cargo en Santa María, nos ha dejado un verdadero corpus teológico en sus sermones parroquiales y sencillos. Son seiscientos cuatro
homilías escritas porque eran leídas por él
y los quince sermones universitarios predicados eran a modo de discursos anuales como predicador oficial de la universidad sobre la razón y la fe.
Además de semblanzas patrísticas, poesías y otros ensayos. La época que sigue hasta su conversión está vinculada entonces a Oxford y a Littlemore, una pequeña localidad que entraba en su
jurisdicción como párroco y donde edifica la iglesia.
Al volver de un viaje por el Mediterráneo, en que casi muere
de unas fiebres en Sicilia, tiene la convicción de una misión especial en Inglaterra.
En efecto, pronto fue el líder, junto con John Keble, Edward Pusey, Henry Wilberforce y otros más, del llamado Movimiento de Oxford, con el objeto o el objetivo de renovar
la Iglesia de Inglaterra, lo que él mismo llamaba una especie de segunda reforma,
teniendo en cuenta que era del siglo XVI, basada en su identidad episcopal y en su vida litúrgica.
Esto respondía a la vez a la tendencia cada vez más pronunciada por parte del Estado de inmiscuirse en asuntos eclesiásticos. Era necesario distinguir el verdadero origen divino de la
Iglesia.
Los Tracts for the Times, los opúsculos de actualidad, serán los difusores del movimiento de Oxford.
La mayoría los escribió Newman. Su primera obra, a la vez cristológica y eclesiológica, fue en 1832, Los arrianos del siglo IV.
La obra eclesiológica siguiente fue el oficio profético de la Iglesia en relación al sistema protestante y romano, retitulada La vía media entre, de la Iglesia anglicana, es decir, media
entre Roma y el protestantismo. La cuestión era justificar de alguna manera el anglicanismo como el heredero legítimo de la Iglesia de los Padres, y el principio era la antigüedad.
Sin embargo, el mismo estudio de las controversias de los primeros siglos le hizo descubrir la posición siempre fiel de Roma
y lo decisivo del principio de catolicidad, no solo de antigüedad. Newman escribe el tract noventa interpretando los treinta y nueve artículos de la fe anglicana en el sentido más
católico posible y el escrito fue rechazado por los obispos uno tras otro.
Comienza a dudar seriamente sobre la Iglesia anglicana. Se retira a Littlemore en 1841 para orar, meditar y estudiar, para encontrar la verdad en un momento de gran incertidumbre. Puso
en práctica lo que él mismo había escrito, por ejemplo, en la semblanza sobre san Benito Abad.
Su objeto, dice allí, era la quietud y la paz, su estado el retiro, su ocupación el trabajo simple, la oración, el estudio, la transcripción, la labor manual y otras
ocupaciones consoladoras, nada excitantes. En definitiva, la summa quietus, la más perfecta quietud. Vemos aquí nuevamente la vida interior de Newman en continuidad con aquella experiencia juvenil, yo y mi
creador, ahora en busca de la verdadera Iglesia de Jesucristo. En este clima
Encuentra el tercer gran principio de su pensamiento: el desarrollo.
De sus lecturas de las obras del obispo Patro, del siglo dieciocho, tuvo una clara convicción acerca de que el crecimiento es la garantía de la vida.
Aquello que crece, vive.
El estudio de las controversias cristológicas y trinitarias de los primeros siglos, los grandes concilios de entonces y la guía de los santos padres le habían llevado a introducir el
método histórico en su pensamiento teológico.
La historicidad había sido característica de la revelación dada por Dios y la Iglesia, que es su intérprete, también había vivido esa dimensión histórica.
En el último sermón universitario trata de modo explícito este principio del desarrollo y dice, entre otras cosas: "Los credos y dogmas viven en la idea única, para expresar la
cual han sido propuestos y solo ella tiene consistencia propia". Aquí la idea única era el cristianismo. La revelación es la idea cristiana impresa en la mente corporativa de la
Iglesia apostólica. La Iglesia es ella misma el sujeto creyente.
Se va explicitando esta idea en los credos y otras formas de definición dogmática, fruto del trabajo teológico.
El contacto con la realidad de Dios, dice Newman, es la vida propia de los desarrollos auténticos. Esto es peculiar de la Iglesia y es lo que justifica sus definiciones.
El vínculo que quería establecer su Iglesia anglicana y la Iglesia de los Padres, así como las acusaciones contra Roma por haber agregado dogmas, decían, y corrompido la fe con
devociones populares, eran cuestiones que debían ser resueltas estudiando la historia real. Y eso fue lo que Newman hizo,
en lo cual,
para lo cual o gracias a lo, a lo cual da fruto la que será la contribución más importante suya a la teología,
el ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana escrita en Littlemore
hasta el borde de su conversión en 1845. Newman ofrece ahí el hecho histórico como evidencia de un desenvolvimiento que, por un lado, difiere de una pura inmutabilidad,
por otro, de la corrupción.
Dice: "Vi que el principio del desarrollo no solo explicaba ciertos hechos, sino que era en sí mismo un notable fenómeno filosófico que da carácter a todo el curso del
pensamiento cristiano.
Se lo podía descubrir desde los primeros años de la enseñanza católica hasta el día de hoy y daba a esta enseñanza unidad de individualidad. Servía como verificación
que el anglicano no podía presentar
de que la Roma moderna era, en verdad, la antigua Antioquía, Alejandría y Constantinopla. Exactamente como una curva matemática tiene su propia ley y expresión".
El principio del desarrollo venía a resolver entonces la difícil cuestión acerca de la relación entre verdad e historia. El ensayo quedó inacabado. Newman se convierte en la Iglesia de
Roma a los cuarenta y cuatro años, el 9 de octubre de 1845. Littlemore
fue ese punto de inflexión de las dos partes de su vida creyente, la anglicana y la católica, un lugar hasta hoy escondido donde se produjo una decisión enorme, no
solo para él, no solo para Inglaterra, sino para toda la Iglesia. En Roma será ordenado sacerdote y regresa a Inglaterra para fundar el primer oratorio de San Felipe Neri
en Birmingham, donde vivirá hasta su muerte.
Sus grandes principios, estos que hemos visto, estos tres,
sacramental, dogmático y el de desarrollo, continúan en la vida católica. En ella también desarrolla la doble tarea pastoral y educativa, y la misma visión que tenía como anglicano la
mantiene.
Es decir, había que educar a los laicos en la verdad,
formarlos teológica y moralmente, iluminar su razón y su conciencia de acuerdo a su dignidad bautismal.
Newman veía a la mayoría de los laicos católicos empobrecidos espiritualmente, ignorantes o indiferentes a las verdades de la fe y, por ello, sin eficacia para hacer presente la Iglesia
en la sociedad.
Habla de deficiencias miserables que existen,
1850.
La falta de formación contrastaba aún más con el pensamiento ilustrado
de quienes promovían lo que Newman llamaba liberalismo,
lo que hoy llamamos relativismo,
para el cual la afirmación de la verdad era y es sinónimo de dogmatismo, de intolerancia, y se veía sustituida por la opinión.
En su itinerario religioso, relatado en la Apología pro vita sua, que escribe a los sesenta y tres años, hay un hilo conductor
que se resume en una frase que pone él allí: "Mi batalla, dice, era contra el liberalismo siempre".
Con gran firmeza repite una y otra vez el principio dogmático del cristianismo, es decir, la verdad revelada en lenguaje humano expresada en la fe de la Iglesia. En esto
había que educar a los laicos en primer término.
Crecía el empuje de la infidelidad moderna.
Dice en una carta entonces: Hay un gran peligro de que la escuela científica se aparte de la Iglesia cristiana.
No hace falta aquí recordar, en este ámbito universitario, lo que significa el siglo XIX en la historia de la humanidad, particularmente en el inglés, con todo el avance en
campo de las ciencias.
Newman entonces, eh, vio ya
la novedad de un mundo arreligioso.
Ya había escrito en el ensayo de 1845: Nuestro espíritu se ha sometido a la verdad. No le es, por tanto, superior y está obligado no tanto a disertar sobre
ella cuanto, cuanto a venerarla. La verdad y el error son situados ante nosotros para probar nuestros corazones.
Elegir entre una y otro significa hacer una terrible apuesta de la que depende nuestra salvación o nuestra desgracia. Antes que ninguna otra cosa es necesario profesar la fe católica.
En 1850, cinco años después de la conversión,
se restaura en ese entonces la jerarquía católica oficial en Inglaterra. Aparecen los obispos, aparecen obispados, aparece un primado, que fue después el cardenal Wiseman. Y Newman, eh, auspició una
cantidad de conferencias dadas por laicos. Era una novedad enorme para la época y él mismo dio un ciclo de conferencias en Birmingham. En una de ellas, eh, le dice
a los laicos:
Vuestra fuerza radica en Dios y en vuestra conciencia. Por consiguiente, no está en vuestro número.
No está en vuestro número, como tampoco en la intriga, los cálculos
o la sabiduría mundana.
Lo que echo de menos en los católicos es el don de sacar a la luz lo que es su religión.
Quiero un laicado no arrogante, no precipitado en el hablar, no aficionado a las discusiones, sino hombres que conozcan su religión, que penetren en ella, que sepan el terreno que
pisan, que sepan lo que sostienen y lo que no, que conozcan tan bien su credo que puedan dar razón de él, que sepan bastante historia para poder defenderlo.
Quiero un laicado inteligente y bien instruido.
Deseo que ampliéis vuestros conocimientos, que cultivéis vuestra razón, que adquiráis perspicacia en las relaciones entre verdad y verdad, que aprendáis a ver las cosas como son, que comprendáis cómo
la fe y la razón se compaginan entre sí,
cuáles, eh, son las bases y principios del catolicismo y dónde radican las principales incoherencias y absurdos de la teoría protestante. No tengo ningún miedo de que os volváis peores
católicos por familiarizaros con estos temas,
siempre que cultivéis con afecto un vivo sentido de Dios
y tengáis bien presente que vuestras almas han de ser juzgadas y salvadas. En todos los tiempos los laicos han dado la medida del espíritu católico.
No puedo detenerme aquí más acerca de Newman en el laicado, pero ya en el 32, cuando escribe ese estudio sobre los arrianos, saca a luz una cuestión notable de
la historia de la Iglesia, que fue cómo en ese entonces la verdad sobre Jesucristo y sobre la divinidad de Cristo, que era central a la fe, estuvo mantenida, eh,
por el laicado cristiano de entonces con mucha más certeza y perseverancia que por los que tenían que predicarla. Entonces, hubo una cantidad de, sabemos, obispos, eh, orientales que
se hicieron arrianos. Ese ejemplo le sirve a Newman después para poner en el tapete lo que significa la presencia del sensus fidei, fidelium en la vida de la Iglesia
y, este, por supuesto, de la sociedad. La responsabilidad, por tanto, de formar al laicado en, en la fe. Tres años después, en 1853, funda la Universidad Católica de Dublín,
por pedido del episcopado irlandés. De eso hablará, eh, el
doctor Conway en la próxima conferencia.
Estos nueve discursos que han quedado, eh, que Newman dice en aquel momento
frente a los obispos y a la naciente universidad, son verdaderamente un tratado de educación superior para laicos, cuyo núcleo es la integración de la teología con las demás ciencias.
Dice muchas cosas allí que yo no puedo resumir aquí. Ya las dirá un poco el doctor Conway. Se va a referir incluso al,
a los pormenores de la historia de Newman en relación al episcopado irlandés y a la universidad que fundó y que dirigió durante seis años.
Pero la clave estaba allí en la integración, precisamente, del saber universal, de donde viene la palabra universidad. Desde entonces no puede dejar de existir en toda universidad el saber
que tiene que ver con Dios, que es uno de los conocimientos
presentes y que si no está, dice en alguna parte, ese lugar no queda vacío, sino que lo viene a ocupar generalmente alguna otra ciencia.
En cuanto a la función secular propia del laico,
dice en uno de sus discursos: Si la universidad es una preparación directa para este mundo, dejémosla que cumpla su cometido.
Quiero advertir que muchas de las cosas que quizá estén escuchando ahora o yo leyendo pueden parecer obvias,
pero es porque nosotros estamos aquí sentados ciento cincuenta años después, un poco más. No eran ni de lejos tan obvias en aquel momento cuando Newman las decía.
Si la universidad es una preparación directa para este mundo, dejémosla que cumpla su cometido. Es un lugar donde se forman y capacitan hombres del mundo para vivir en él.
No podemos evitar que se sumerjan en el mundo con todos sus caminos, principios y axiomas cuando les llegue su hora,
pero podemos prepararlos contra lo que es inevitable. Y no es la manera más apropiada de aprender a nadar en aguas revueltas no haberse metido nunca en ellas.
En un sermón también dicho en esos años, expresa: "Yo querría que el intelecto dispusiera de la más amplia libertad y que la religión gozara de una libertad semejante. Y
querría establecer que ambas, cultura y religión, se encuentren en las mismas personas.
Deseo que los mismos lugares y los mismos individuos sean al mismo tiempo oráculos de filosofía y santuarios de devoción. Deseo que el laico intelectual sea verdadero devoto creyente y
que el hombre devoto sea culto y pueda dar razón de su fe."
Dirá veinte años después que lo que hay que lograr es hacer de la universidad un terreno desde donde, como un campo común, se pudiera influir conjuntamente sobre una época
que va de cabeza hacia la incredulidad.
Está escrito esto en 1870.
Además de su vínculo con la universidad, fundó la Escuela del Oratorio de Birmingham, donde estaba establecido el oratorio.
Fue la primera escuela pública católica de Inglaterra. Fue un gran éxito. Fue emulado después en otros sitios. Dice en su diario en alguna parte: "De principio a fin, la
educación, en el sentido amplio de la palabra, ha sido mi línea de trabajo."
Fiel a su pensamiento filosófico y teológico, la historia tenía un lugar central en la educación. Dice: "La historia del pasado termina con el presente, y el presente es la
tesitura desde la que emitimos nuestros juicios. Y para adoptar una actitud correcta hacia los diversos, eh, fenómenos de ese presente, debemos entenderlos. Y para entenderlos, debemos recurrir a aquellos
acontecimientos del pasado que condujeron a este presente.
Así, el presente es un texto y el pasado, su interpretación.
Cuando no se preocupan por la verdad histórica, los hombres llegan a la vida, toman lo que allí encuentran y le añaden su propia interpretación. Hoy el peligro es que
debido a una ignorancia total de la historia, nos veamos forzados a decidir sobre cada acción o cada principio tan solo por el único criterio que nos queda, el de
una conveniencia visible."
Esto incide en la comprensión misma del cristianismo, que dice Newman: "No es una teoría nacida del despacho o del claustro. Es cierto que en los últimos tiempos ha encontrado
amplia recepción la hipótesis que afirma que el cristianismo no se localiza en la esfera de la historia, que es para cada hombre como cada cual quiera concebirlo.
Tal vez la mayor de las carencias a las que se enfrenta nuestra teología hoy es la de una historia de la Iglesia."
Advirtamos que precisamente esta historia de la Iglesia es la que lo llevó a la conversión.
Educar al laico desde esta óptica histórica significaba
y significa
librarlo de una mentalidad de ruptura,
introduciéndolo, en cambio, en la gran tradición viva de la Iglesia, que era y es también la manera de evitar todo relativismo.
Ahora bien,
esta exigencia personal,
luego pastoral y docente de Newman acerca de la primacía de la verdad, significaba aquella batalla a la que se refirió finalmente en ese gran testamento suyo, que fue el
discurso que dio en Roma
el día que recibe el capelo como cardenal de manos de León XIII en 1879.
Parte del discurso dice así:
"Por treinta, cuarenta, cincuenta años he resistido con lo mejor de mis fuerzas al espíritu de liberalismo religioso. Nunca la Santa Iglesia ha tenido más necesidad de héroes que lo
resistan con más urgencia que hoy, cuando tal error se desparrama como una trampa por toda la tierra.
Es la doctrina de que no hay ninguna verdad positiva en religión, sino que un credo es tan bueno como otro, y esta es la enseñanza que va ganando fuerza
día a día.
Es incompatible con cualquier reconocimiento de alguna religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas y que son todas materia de opinión.
La religión revelada no es una verdad, sino un sentimiento, un gusto. Los hombres pueden fraternizar juntos en pensamientos y sentimientos espirituales sin tener que mantener en común ningún punto
de vista doctrinal ni ver su necesidad."
El carácter general de esta gran apostasía, así la llama, es único y el mismo en todas partes. Jamás el enemigo
ha planeado una estrategia más inteligente y con tanta probabilidad del éxito. Enemigo lo escribe con mayúscula. Hoy vemos, de alguna manera, este éxito.
Esto está dicho hace ciento treinta y dos años.
Nos acercamos aquí a un último principio que está presente en todos los demás
y podríamos llamar, él no lo llama así,
el personalismo
de Newman.
Está presente, por ejemplo, en el principio sacramental,
porque el mundo invisible es un universo personal en el que está el Dios tripersonal, el Hijo encarnado, está habitado por ángeles, la comunión de los santos, los miembros del
cuerpo místico de Cristo, que es la Iglesia, es decir, un mundo de relaciones interpersonales.
Y es la fe la que ve esta realidad con un asentimiento real, como él lo llama,
que es siempre personal.
Newman dice que es el hombre entero quien se mueve hacia la verdad.
Todo el sistema gnoseológico de Newman presente, eh, presenta, eh, la gramática del asentimiento, eh, varias cosas: las probabilidades antecedentes que juegan en el acto de fe, la convergencia de,
de probabilidades, las razones implícitas, la función del sentido ilativo que une todo misteriosamente en la mente. Pero todo remite a la mente de la persona y configura una suerte
de lo que más, más adelante se llamará la apologética integral, que tiene en cuenta las disposiciones personales previas en orden al acto de fe.
Lo personal está también presente en el principio dogmático, porque es el Dios personal el que se revela en hechos y palabras.
Dice Newman: "Para los hombres espirituales y devotos, la Sagrada Escritura habla de cosas,
no de simples nociones.
Tiene para ellos un carácter real en sus enseñanzas y el fin de la meditación es convertir los evangelios en algo real. Al corazón se llega comúnmente, no por la
razón, sino por la imaginación".
Eh,
hago un paréntesis. Las palabras que usa Newman no siempre las podemos interpretar escolásticamente. Imaginación no es lo que estamos pensando ahora, sino la intuición profunda, eh, frente
a, a un mecanismo puramente discursivo.
Entonces, se llega al corazón por la imaginación, por las impresiones directas, por el testimonio de hechos y sucesos, por la historia, por la descripción.
Las personas nos influencian, las voces nos hacen derretir, las miradas nos subyugan, los hechos nos inflaman.
Muchos hombres viven y mueren por un dogma, pero nadie es el mártir de una conclusión.
El cristianismo es una historia sobrenatural, casi escenificada. Nos dice lo que es su autor diciéndonos qué es lo que ha hecho.
Lo personal desde el principio dogmático, total. También en el desarrollo está presente el principio personalista, pues se da en la historia de la Iglesia con personas como los santos
padres, que Newman considera amigos cercanos suyos y personales, llegando a decir:
"Los padres me hicieron católico".
Como si hubiera podido referirse a personas que tenía delante, que influenciaron sin duda las suyas.
Pero estas otras están en el desarrollo de la vida de la Iglesia. Y el mismo personalismo está en sus sermones cuando habla de Dios, pero también de nosotros, de
la persona humana, penetrando en su misterio de tal modo que nos reconocemos y nos sentimos interpretados, eh, aun leyéndolos hoy, no teniendo a Newman delante que nos los dice
oralmente. El conocimiento profundo que tiene Newman del alma humana, de sus grandezas y de sus miserias, descritas además con esa pluma propia de un gran genio. Es una de
las plumas más grandes de la literatura inglesa, es un gran poeta. De modo que hace mucho bien leer esos sermones, lo personal.
Y personal fue su concepción de la tarea educativa.
Todo esto que he ido diciendo, en realidad, es para volcarlo de una manera final, precisamente a la tarea educativa, desde Lóriel, desde Oxford hasta la Escuela de Birmingham, de
la Universidad de Dublín.
Todo fue ser el educador
y estando allí en la universidad, entre las muchas cosas que dice en la primera parte de la idea de la universidad, que son los nueve discursos, después hay una
segunda, no traducida todavía al castellano, muy sabrosa, porque habla de la literatura, de las ciencias matemáticas, etcétera.
Pero allí en la primera parte, entre otras cosas, dice esto: que la oferta debe estar antes que la demanda
. Inversamente al mundo, eh, comercial, diríamos.
Y en el fondo, eh, Newman
remite a la iniciativa de Dios
que ha creado al s-- al hombre para la verdad.
Y por eso el hombre busca secretamente en su corazón la verdad, aunque no lo diga, aunque no lo pida.
Y entonces la universidad ofrece la verdad
antes que la demanda de ella.
Y por eso también Newman afirma que el rechazo del cristianismo brota de una falta del corazón,
no del intelecto. Muchas cosas que escribe Newman aparecen como respuestas al racionalismo de aquel momento. Pueden parecer excesivamente antiracionalistas, pero no lo son. No son antiracionales, diría, no antiracionalistas.
Porque existía la escuela evidencialista, era un poco las consecuencias de toda la tradición del iluminismo que estaba presente en el siglo XIX.
Pero siempre hace hincapié que muchas de las dificultades que se tienen en la búsqueda de la verdad,
e-específicamente de la verdad
cristiana,
no brotan de dificu-- como dificultades del intelecto, de la inteligencia, como objeciones i-intelectuales, sino más bien como dificultades morales.
Porque abrazar esa verdad significa una exigencia de vida
personal. Por eso habla aquí del corazón, no en un sentido sentimental, sino del corazón como habla la Biblia
o como hablará después San Agustín, como la sede más profunda de las decisiones humanas,
sinónimo del alma, incluso de la conciencia.
Personal ha de ser así mismo la propagación de la verdad, por esto mismo, que no es algo, sino alguien, que es Jesús,
que para predicar el evangelio eligió a unas pocas personas concretas. Dice Newman: "Es evidente que todo gran cambio es realizado por unos pocos, no por los muchos. Por unos
pocos decididos, valientes y celosos. Uno o dos hombres de escasas pretensiones externas, pero con los corazones en su trabajo, son los que hacen grandes cosas.
Los movimientos vivos no nacen de comisiones,
ni las grandes ideas operan por correo,
sino en la fuerza de la influencia personal y de la congenialidad de pensamiento.
Ninguna gran obra ha nacido de un sistema. Los sistemas, en cambio, surgen de esfuerzos individuales.
Tal es el curso de las cosas. Promovemos la verdad por el sacrificio de nosotros mismos.
La verdad se ha aceptado en el mundo, no por su carácter de sistema, ni por los libros, ni por la argumentación, ni por el poder temporal que la apoyaba,
sino por la influencia personal de quienes testificaron, siendo a la vez maestros y modelos de la misma.
Es la santidad revestida de forma personal la que no pueden abatir mirándola fijamente cara a cara. La conducta práctica de una persona religiosa es algo que supera por completo.
Será difícil valorar debidamente la fuerza moral que puede adquirir dentro de su círculo, al cabo de los años, un solo individuo ejercitado
en la práctica de lo que enseña.
El atractivo de la santidad humilde tiene un carácter de irresistible urgencia".
Y Newman habla con tono profético aquí: "Unos pocos cristianos de calidad superior bastan para llevar adelante la obra silenciosa de Dios. Así fueron los apóstoles, un puñado de personas
dotadas de una gracia sublime también rescatarán el mundo durante los siglos venideros".
Conmueve y anima al decir que debemos sentirnos conformes con la suerte más humilde y más oscura, que en ella podemos ser los instrumentos de un bien muy grande,
que casi en ninguna situación se puede ser instrumento directo de bien para nadie fuera de los que personalmente nos conocen, los cuales no pasan nunca de un círculo reducido.
Que se puede hacer mucho bien desde una responsabilidad inferior dentro de la Iglesia.
Que los grandes benefactores de la humanidad son frecuentemente ignorados.
En consonancia con este personalismo, dice Newman: "Dios me ha encomendado alguna obra que no ha encomendado a otro.
Tengo mi misión".
Apelando a la responsabilidad personal.
O también aquella otra sentencia: "La conciencia tiene derechos porque tiene deberes".
El derecho-deber del cristiano de amar la verdad, de dar testimonio santo de la misma, de ser, en definitiva, cristiano, del ser cristiano en un mundo relativista o nihilista, de
irradiar a Cristo, como es una de sus famosas oraciones.
Volviendo al punto de partida para terminar,
personalísima fue aquella primera convicción, yo y mi creador. Y así continuó en toda su teología
con expresiones como esta: "Nada es más difícil que darse cuenta que cada hombre tiene un alma distinta,
que cada uno de los millones que viven o han vivido es un ser íntegro e independiente en sí mismo, como si no hubiera nadie más en todo el mundo
aparte de él".
O esta otra de sabor bíblico y agustiniense también: "Solo es suficiente para el corazón aquel que lo creó.
¿Qué es tener una buena conciencia, si no acordarnos siempre de Dios en nuestros corazones? Tener nuestros corazones en un estado que nos lleve a levantar los ojos hacia él".
Y desear que sus ojos nos miren a lo largo del día.
La vida pasa, las riquezas se van, la popularidad es inconstante, los sentidos decaen, el mundo cambia, los amigos mueren.
Solo uno es constante, solo uno es veraz con nosotros, solo uno puede ser verdadero,
solo uno puede ser todas las cosas para nosotros, solo uno puede formarnos y poseernos.
¿Estamos dispuestos a ponernos bajo su guía?
Esta es ciertamente la única pregunta.
Él mismo, eh, y como siempre,
se adelanta y sintetiza todo.
Por eso es muy difícil pretender y serlo de veras experto en Newman. Nunca existirán expertos en Newman.
Su obra es inmensa, por, por otra parte, son más de ochenta volúmenes,
treinta y dos de ellos dedicados al,
a la edición de las veinte mil cartas que nos han quedado,
a sus obras sistemáticas y sus sermones. Y entonces, cualquier tema
pide hacer un recorrido por todas sus obras, prácticamente, porque no ha sido un autor demasiado sistemático.
Pero entonces, siempre el consuelo está en que Newman mismo, un excelente autobiógrafo,
un hombre consciente, eh, notablemente del desarrollo de sus ideas, del fundamento de las mismas,
es el primero en hacer la síntesis sobre sí mismo.
Y entonces, al final de su vida,
cuando el papa León XIII lo hace cardenal, elige para el lema de su escudo cardenalicio la frase, el título de esta charla:
"Cor ad cor loquitur":
el corazón habla al corazón,
haciendo la síntesis más profunda y mejor de este personalismo que caracteriza su vida y su pensamiento en todos los ámbitos. El diálogo
en la verdad y el amor entre Dios y el hombre, y también del cristiano con los hombres de su tiempo.
Por esta razón y muchas más que podríamos decir,
es que Newman
será,
y deseamos que pronto, el gran doctor de la Iglesia moderna. Primero tenemos que esperar que el santo padre lo canonice, pero también eso puede ocurrir muy pronto. Muchas gracias
por la atención.
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